No lo dudes, no hay nada que me ponga más cachondo que despertar tu sonrisa perversa de buena mañana. Aún con mi polla empalada en tu coño, giras la cabeza intentado cruzar tu mirada con la mía. En silencio, tú y yo sabemos que llega el momento de quemarnos juntos para la eternidad.
Con la mano te sacas mi rabo tieso y guías mi mano a tu entrepierna.
“¡Mira como me tienes cabrón! Estoy empapada como nunca...” - tus palabras obscenas rompen el silencio - “...espero que tu compañero no me decepcione hoy...” - me susurras mientras cierras tu puño con fuerza y haciéndolo palpitar con cada una de tus palabras.
Sin dejar de agarrarme, me arrastras hasta la ducha. Abres el grifo y dejas que el agua empiece a caer, mientras con los dedos manoseas mis huevos.
“¿Llenos de leche? Veremos, hoy descubriré si has sido obediente estos días...” - no ha sido fácil, no has dejado ni un sólo día de provocarme, pero asegurándote de mantener mi mente sedienta de ti.
El olor a ti me invade mientras te rasuro bajo el chorro de agua. Durante la noche anterior habías hecho lo propio conmigo. La voluntad de mi lengua parece quebrarse a medida que mis sentidos se llenan de ti. Instintivamente busca su origen y te arranca el primer suspiro.
“¡mmmm aún noooo cabrón, auuuún noooo mmmmm!” - apartas mi cara con tus manos, mientras me relamo los labios mirándote a los ojos. Deliciosa.
Llega el momento de vestirte. Provocativa e inocente al mismo tiempo, con un vestido de verano blanco, sin ropa interior. Sandalias, dejando al descubierto tus pies.
La ceremonia había empezado, pero te hice avanzar, agarrándote la mano con fuerza, por el pasillo central hasta los primeros bancos.
¿Quien podía sospechar de las perversas intenciones de una mujer acalorada y su acompañante cuando entramos en la iglesia ese domingo de verano? Quizás si se hubiesen fijado que llevabas los pies descalzos...
“¿No pensabas que estaríamos sólos?” - te susurro al oído. “¿No te has fijado como te miran, estos beatos te comen con la mirada?” - me respondes con un guiño, mientras mi mano se asienta sobre tu muslo. El calor es sofocante y la ropa empieza a empaparse.
El joven párroco no te quita el ojo desde que hemos entrado. Tímidas miradas pero evidentemente no le eres indiferente. Inesperado, pero no puedo evitar comprobar hasta donde quiere llegar. Mi mano empieza a subirte el vestido dejando ver centímetro tus piernas... y sus palabras se entrecortan cada vez con más frecuencia.
Murmullos entre las beatas que nos rodean. No entienden nada.
“¿Qué le pasa al párroco, le he puesto tieso el pirulo con sólo enseñarle las piernas?” - me comentas abiertamente aprovechando el ruido que nos rodea. Decirme eso y terminar de subir el vestido mostrándole tu conejo rasurado, empapando tus muslos y mis dedos recorriéndolos.
Los murmullos aumentan. Pero lamentablemente no se ha corrido, el muy cabrón recupera la compostura y da por terminada la liturgia y retirarse a la sacristía.
Parece que por fin nos dejan solos.