martes 28 de abril de 2009

Blanca y Perversa (III)

"Y por lo visto aún te acuerdas perfectamente de nuestra aventura con la vecinita ¿verdad?" - lo sabes perfectamente, pero no deja de ser morboso tu gusto por recrearte en los detalles más sórdidos. Una escena adornada con mi leche recién ordeñada en tus pies, que hacías descender por tus piernas, al mantenerlas levantadas formando un ángulo recto con la cama.

"Una lástima que no hayamos invitado hoy a nuestros vecinos, aunque por el traqueteo que se escucha de noche en la habitación de nuestra vecinita, me parece que despertamos sin querer su lado más incestuoso..."

"¿Sin querer? Si tú lo dices..." - me sonries perversamente - "pero si me permites refrescarte la memoria, no me pareció muy inocente nuestra participación en el inicio de esa relación. ¿A caso no te acuerdas que fuiste tú, quien agarrabas su mano la primera vez que se la casco a su papaito en nuestra cama?" - aún recuerdo incitándola a pajearlo más rápido, sabiendo que el pobre no aguantaría al contacto con esa piel tan delicada.

"Sólo era un juego travieso, además tenían vendados los ojos... y a su padre lo amordazaste con tus braguitas, no podían saberlo... podía haber sido la polla de cualquiera..."

"Claro, y por eso le susurraste que le había parecido la impresionante corrida de su padre..." - volviendo a los detalles especialmente indecentes que tanto te excitan, eres incorregible.

"Quizás si, pero como podía saber que la muy putita lo cavalgaría allí mismo, delante nuestro... además recuerda que es sólo su padrastro..." - que suerte...
"¿Deberíamos dejar nuestras perversiones?" - vuelves a sonreirme abiertamente mientras haces que no con la cabeza, y empiezas de nuevo a masturbarme aprovechando el efecto de la conversación.

Naturalmente, lo que hicimos fue comprobar si la madre era tan puta como su hija. Pero eso ya es otra historia.

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